miércoles, 7 de junio de 2017

UNA CARTA QUE NUNCA LEÍMOS


no deja que suene el despertador
no necesita ruidos
                        para seguir despierto


tiembla ante el zumo
            que debe beber
                        y así evitar preguntas

sube al autobús

cada día esos diez minutos
más largos de su vida

se hace el vacío a su alrededor
no siente el frío del pupitre
                                   en su antebrazo
no escucha al profesor
no escucha el timbre que marca el descanso
no escucha la puerta
aunque sabe que han entrado

silencio
            pasos
                        fundido a negro
                                    volvemos en 15 minutos






como la bilis quema las entrañas
en cada espasmo
cuando no hay alimento que vomitar
siente los pinchazos del dolor vacío
en las sienes

ya no quedan lágrimas.

Y en el autobús de vuelta
apoya la cabeza en el cristal
para que duela de verdad
no tener que fingir
y pasar la tarde en casa.

Al día siguiente
vuelve a vomitar
vuelve a dejar el desayuno
                                   a la mitad
vuelve a temblar en el autobús
y vuelve a escapar
a una buhardilla en blanco y negro
cuando se queda a solas con él

y descubre con sorpresa
al anochecer
que sí quedaban lágrimas

y firma con ellas la carta
que nunca se atrevió
a leer en voz alta


y salta por la ventana



            los periódicos han dicho
            que le gastaban bromas
            por sacar buenas notas








Ilustración: Teresa Ruiz Maciá, Fieltrovitz.



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